4 sept. 2012

Iruya - Donde volvimos a ser niños


Qué bueno que dije sí a Iruya!!!

El camino a este pueblo es tan especial, como tenebroso en algún punto. Imaginen un camino angosto, con curvas y contra curvas muy cerradas que a su vez se encuentra emplazado en un camino de sierras muy altas, dónde prácticamente la mayor parte del camino es en subida y por momentos sólo entra el ancho del bus en el que viajamos. Dista a unos 60 Kilómetros de Humahuaca y el tiempo de viaje es de al menos
3 horas.

3 horas en las que crees que en cualquier momento el bus se cae por el precipicio y no llegas a conocer el pueblo, aun siendo que eso sucediera, creo que cualquiera se puede ir tranquilo, porque la belleza que tiene ese camino, no lo vi en ninguna otra parte. Cada una de esas curvas, es un paisaje nuevo, de colores, texturas, sombras, alturas, quebradas, campos, valles que se los ve cómo desde un satélite, dónde se aprecia cada parcela cultivada. Las cabras saltando en las pendientes como en las películas, las casitas muy salteadas unas de otras, construidas con ladrillos de adobe y techos de paja, sólo unas pocas con chapas sostenidas por piedras para que el viento intenso no se las vuele. Los niños ayudando a alimentar a algún que otro animalitos, chivitos en los corrales y al menos un burro en cada patio. El sol que comienza a ponerse brinda su espectáculo de luz y color, aportando calidez y sombras al lugar. Cruzamos muchos ríos que por la época de sequía, tienen muy poca agua.

El chofer que avanza confiado, conoce el camino de memoria y eso hace que sea tal vez un poco arriesgado para nuestro gusto, va con su música a un volumen considerable, charlando con los de alrededor. De vez en cuando en alguna curva peligrosa toca bocina, para cerciorarse que no vine nadie del otro lado.

Al llegar al pueblo Ho La La!!! Qué lugar!!!!!!!! Sus calles son de piedras, muy empinadas, con subidas, bajadas y volteretas que si no estás atento, de seguro terminas en otra calle. Tranquilo, no te podes perder, el lugar sólo tiene en total unas 9 calles. Está emplazado en medio de sierras, llegas a una especie de mirador, dónde está la iglesia, al frente se ve un gran paredón de colores rojizos, hacia abajo un pequeño río de agua, que en verano de pequeño no tiene nada y hacia la derecha, un gran puente que lo cruza. Noto que en la ciudad, los burros andan como perros en cualquier parte. Por la noche se los escucha pelear entre ellos, se revuelcan en la tierra y hasta se pasean en grupos de 8 a 10 adueñándose del lugar. Son muy mansos y están acostumbrados al andar de la gente.








La clave de venir hasta acá, entre otras cosas, era descansar, la belleza del lugar y sus callecitas, te transmiten una paz inigualable. Son de esos lugares que tienen magia, que no necesitan de grandes supermercados, shoppings, hoteles lujosos o calles con asfalto. Sólo necesita de uno dispuesto a disfrutar de todo ese entorno. A la mañana temprano nos vamos a matear al mirador principal frente a la iglesia, de a poco se va sumando gente al grupo, la idea era sentarnos a hacer nada, va, en verdad era sentarnos a disfrutar de todo eso. Nos encontramos con Franco, un chico de Funes que andaba viajando con su guitarra, tocando para quien lo quiera escuchar y al poco tiempo, llega otra banda de 4 o 5 conocidos de él, que estaban llegando esa mañana a Iruya y por detrás de ellos llegaba otra banda más que habíamos conocido con los chicos en el Hostel de Tilcra. Fue una mañana de rencuentros y mates. De a poco comenzaba a entender que "El viajar sola" en verdad, "es viajar con muchos al mismo tiempo". Vamos al mirador, que queda un poco más arriba y después al río, que queda hacia abajo a remojarnos los pies y tomar sol, el día estaba increíble. Después de almorzar algo improvisado y jugar con Lupita, una pequeña muy cariñosa que en cuanto volvió del jardín vino corriendo con un juego de memoria para compartir con nosotros, de confianza rápida, enseguida andaba de falda en falda a puros besos y abrazos.  Nos vamos a la plaza principal, tiene tobogán, hamacas, paralelas, anillas, pasa manos, subibaja, canchita de futbol y a eso se sumaba Nica con su Longboard y la admiración de algunos niños que llegaban a la plaza con los uniformes del colegio. De pronto uno quiso probar cómo era eso del “skate raro" y de a poco se fueron sumando, con el correr del tiempo, éramos 4 niños más. Nos tiramos del tobogán, hicimos equilibrio en el subibaja, nos hamacamos, hicimos piruetas en las paralelas y anillas, jugamos al fútbol, saltamos la soga, vimos cómo los chicos la tenían más que clara con el trompo, nos sacamos fotos, hicimos videos, nos reímos mucho. Éramos varios los niños de entre año y medio y unos 32. El tiempo se pasa volando y nuestras sonrisas se extienden por todo nuestro rostro, estábamos felices y se notaba. Era nuestro último día juntos y lo estábamos disfrutando. Para cerrar el día vamos a cenar al Bar Museo, dónde tocaban unos chicos que conocimos por la mañana. La charla previa, sin desperdicios, invitaba a la reflexión a abrirnos un poco de mente y alma. La música que tocaron fue muy buena, con letras de Seba de “Teatro Peregrino”.




Unos días hermosos, un entorno mágico y unos compañeros de rutas geniales!!! Me queda el más lindo de los recuerdos de Delfi, Vane, Nica y de Iruya toda...

1 comentario:

  1. iruya es genial !!!!...volveria mil veces !!!..muy lindo tu relato Lala !!!..espero que sigas disfrutando de tu hermoso viaje !!!..un besote grande y desde aca te mando toda la buena onda....

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